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Existe un lugar mágico situado en las cercanías de la costa de Galicia que a menudo se les pasa por alto a los viajeros. Se trata de Santiago de Compostela – alejada del circuito turístico de las populares Toledo, Sevilla, Córdoba, Granada y Barcelona tanto en distancia como en carácter. Goza de un aire a la vez santo y cosmopolita. El núcleo principal de la ciudad del peregrino es su catedral que alberga el sepulcro de Santiago, el patrón de España. El año 2010 es un Año Santo puesto que la festividad de Santiago se celebra en domingo. Al santo se le atribuye el haber inspirado en la batalla a los cristianos que iniciaron la Reconquista que se prolongara setecientos años con el fin de recuperar sus tierras de manos de los conquistadores islámicos, los musulmanes.

Las calles de la ciudad medieval bullen con caminantes y peregrinos de todos los rincones del mundo, especialmente en los días previos al 25 de julio. Nos topamos con jóvenes y mayores que han hecho el Camino de Santiago—un peregrinaje que lleva semanas o incluso meses. Algunos de ellos cruzan los Pirineos desde Europa y atraviesan la península de este a oeste con Santiago como objetivo. En la época medieval Santiago de Compostela compartía relevancia con ciudades como Jerusalén o Roma, principales destinos de peregrinación para los cristianos.

Su iglesia románica es sólida y evocadora con obras maestras esculpidas en piedra y naves abovedadas que parecen alargarse hasta donde la vista alcanza. Continuando una tradición de más de mil años, los peregrinos se detienen a tocar la columna de la entrada oeste cuya piedra han ido desgastando las manos de tantos y tantos fieles. Es fácil que uno se estremezca en lo más hondo con esta demostración de doce siglos de fe. Seiscientos años después, la simplicidad del románico del templo fue enriquecida por la exuberancia del estilo churrigueresco.

Por encima del altar mayor se aprecia el asombroso busto dorado de Santiago—el hermano de Jesús—que recoge la extravagancia de la devoción española posterior. La mayoría de los visitantes se ven atraídos por el altar y se detienen a visitar la cripta de abajo. Luego suben unos peldaños para acercarse a la imagen sedente de Santiago desde atrás. Algunos devotos abrazan al santo mientras le rezan en silencio.

Hace unos años mi esposa y yo visitamos la ciudad durante la celebración del Año Santo con nuestro hijo Jonathan que acababa de completar su peregrinación de dos meses desde Francia. El rey Juan Carlos y la reina Sofía se encontraban de visita junto a un nutrido grupo de cardenales y otros dignatarios. Sin embargo, lo que Ruth y yo hallamos más emocionante fue el poder formar parte de la multitud de personas corrientes que con un propósito común se congregaban por la noche en la Plaza del Obradoiro delante de la catedral.
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Presenciamos un espectáculo de luces proyectadas desde enfrente de la fachada de la catedral así como de un brillante juego de fuegos artificiales. Aunque nos encontrábamos rodeados y apretujados unos contra otros, no había empujones ni codazos, ni nos sentíamos invadidos o incómodos. La gente era consciente de la multitud, como parece ser lo común en los gentíos en España—con menos ansiedad y más conformidad.

Los próceres de la ciudad consiguieron conservar el centro medieval de Santiago con calles de granito flanqueadas por pórticos de piedra. Encastradas en las porticadas podemos descubrir librerías y tiendas así como restaurantes y un sinfín de bares de tapas – algunos con espléndidos expositores de los pescados del día, mariscos, mejillones, vieiras y pulpo de la zona. Se puede pedir un plato de chisporroteantes pimientos de Padrón, o una porción de Tarta de Santiago, hecha de almendras, huevos, mantequilla y azúcar. Es un postre típico que se elabora con mucho esmero.

Es razón suficiente visitar Santiago para disfrutar de su maravilloso pescado y marisco y el fabuloso y crujiente pan gallego en compañía de multitud de jóvenes y fascinantes personas de todos los estilos de vida. Además de los peregrinos, la ciudad está repleta de estudiantes y rondallas de la facultad de medicina de la ciudad. Saborear un almuerzo en la calle en una antigua plaza mientras se oyen las campanas de la iglesia, los cantantes callejeros, guitarristas en las escalinatas de la catedral y los gaiteros es una experiencia incomparable.

Como de seguro ya se habrá dado cuenta, Santiago de Compostela ha dejado profunda huella en nuestra familia. Es el motivo por el que escogimos la concha de Santiago como logotipo de La Tienda, y la concha y los bordones cruzados como símbolo de nuestra propia marca, Peregrino. Estoy seguro de que alguno de mis lectores españoles convendrá conmigo en que Santiago es el alma de España—con todo el gozo y fervor del país.

Saludos,

Don

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