A menudo al recorrer los caminos de España, me invade la sensación de que un vínculo casi mágico me une a los cientos de generaciones que han poblado esta añeja tierra. A veces el sentimiento aflora ante un objeto a primera vista insignificante como una simple cazuela o un sencillo plato de barro cocido de esos que usan las familias españolas desde hace miles de años.
Esta forma de cocción de utensilios se remonta aproximadamente al año 1.000 antes de Cristo en los tiempos en que los fenicios se asentaron en el puerto de Cádiz en la costa atlántica. A lo largo de los siglos, los pobladores de la estrecha lengua de tierra gaditana han continuado haciendo uso de este tipo de cuencos de barro cocido en su vida diaria. Incluso hoy en día en cualquier bar de tapas de Cádiz, pueden servirme unas olivas aliñadas o una ración de gambas al ajillo en cazuela de barro no muy distinta de aquellas de hace siglos.
Las cazuelas más curiosas que he hallado en mis viajes son las de la vieja localidad de Breda, que se encuentra en la otra punta de España. Al abrigo de los Pirineos al norte de Barcelona, Breda no dista mucho de la fascinante ciudad de Gerona, en la que en diversos momentos de la historia judíos, cristianos y musulmanes construyeron sus refugios. Los romanos fueron los primeros en asentarse y en el transcurso de su vida en Breda, descubrieron unos ricos yacimientos de un tipo de barro exclusivo con el que sus alfareros modelaban fantásticas cazuelas, cuencos y platos.
Lo que distingue éste de otros tipos de barro es la facilidad con la que se moldea para fabricar objetos que resultan muy compactos y consistentes una vez son cocidos en horno tradicional. Los romanos reforzaron la cohesión natural de este barro añadiéndole pequeños guijarros antes de cocerlo. Este proceso refractario proporcionaba mayor durabilidad con la ventaja añadida de retener el calor de las comidas recién hechas por más tiempo. En la actualidad los alfareros de Breda fabrican cazuelas de barro cocido con el mismo tipo de barro y continúan utilizando prácticamente el mismo método que aquel que los romanos idearan en los tiempos del imperio.
La primera vez que sostuve en mis manos una cazuela de Breda observé que ese corriente recipiente de barro tenía la forma de un cuenco romano tal que aquéllos expuestos en los museos arqueológicos. Ahí estaba yo, en los albores del siglo XXI sosteniendo entre mis manos este objeto réplica de los tiempos antiguos. De nuevo sentí esa mágica conexión con las generaciones de españoles que habitaron en esta misma tierra antes que yo.

Las cazuelas de Breda no son los únicos objetos que reflejan esa continuidad en España. En cada una de las ocasiones que paseo por las calles de Toledo, vivo esa misma conexión con generaciones pasadas que caminaron por los mismos empedrados antes que yo. Al igual que en Breda o Cádiz, una vez más siento esta mágica unión de culturas mientras curioseo por las tiendas toledanas de orfebrería, de mazapán con antojadizas formas de frutas y animales y con esas placas de vivos colores diseñadas por modernos alfareros que hoy en día reproducen los simétricos diseños del Islam.
Porque el sagrado Toledo es una increíble confluencia de culturas desde los arios godos que emigraron de tierras norteñas, los musulmanes que inicialmente fueron invasores bereberes procedentes de África, los íberos autóctonos o los judíos que contribuyeron en la creación de un excelente núcleo cultural que traducía del árabe los antiguos textos del saber clásico griego.
También tenemos la encantadora Sevilla. Al inicio del declive tras siglos de próspero dominio islámico, se construyó el magnífico minarete de la Giralda, allá por 1284, para incorporarlo a la Gran Mezquita. No muchos años más tarde los victoriosos cristianos convirtieron la Giralda en espléndida torre campanario de su gran catedral. En el interior de la amplia iglesia se encuentran los restos de Cristóbal Colón. El impresionante retablo del Altar Mayor proclama la ciudad de Sevilla joya de la corona en la Reconquista cristiana.
Doscientos ocho años más tarde los Reyes Católicos asignaron a Sevilla el papel de centro neurálgico para los viajes al Nuevo Mundo y es por ello que el carácter español rezuma por todos lados. Me encanta admirar en mis paseos por esas calles empedradas los majestuosos edificios que tanto evocan la era dorada española.
Al otro lado del río Guadalquivir que divide Sevilla se encuentra el barrio de Triana en donde las culturas gitana, musulmana y cristiana se fundieron en las fábricas de típicos y coloridos azulejos y en la creación de arrebatadoras tonadas del flamenco. En todos los rincones de la ciudad abundan por cientos zaguanes y patios de azulejos que adornan las casas sevillanas y sus edificios públicos.
Realmente atractivos los objetos de cerámica dorada y esmaltada son reproducciones de los que se fabricaran hace ochocientos años en la época dorada del Islam. Sólo unos pocos artesanos emplean hoy en día la técnica de la cuerda seca—un vidriado reforzado de la cerámica y proceso de dorado para obtener bellísimos platos de decoración. Con todas estas vivencias, este viejo país y sus gentes han grabado una indeleble marca en mi corazón.
Yo siento América de una manera muy diferente. Nosotros los americanos vivimos en un país muy joven y nuestra fuerza como nación yace en nuestra flexibilidad más que en nuestro linaje. Una continua corriente de inmigrantes llega para unirse a nuestro país y me siento enriquecido con sus contribuciones. Todo este cambio nos refuerza, pero también puede ser desestabilizador puesto que, al contrario que en España, carecemos de una historia lo suficientemente amplia en la que tejer todos estos hilos para formar una cultura coherente.
Quizás sea por eso que Ruth y yo tras pasar veintiséis años en la Armada con la que vivimos en muchos rincones de América y del mundo, hayamos elegido asentarnos en los alrededores de Jamestown, Virginia, lugar del más antiguo asentamiento permanente de los ingleses en América. Tal vez sea debido a que nos identificamos con este ejemplo de continuidad a la americana por lo que disfrutemos en tan gran medida de la continuidad de España. Es una fascinante amalgama de diversas culturas y aún así su espíritu va más allá de todas ellas.
Saludos,
Don