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CovadongaPor unos breves momentos en la historia, España al completo estuvo pendiente de un valle en los Picos de Europa rodeado de escarpados precipicios. Como una estrella fugaz, los sucesos en el bucólico valle de Covadonga y el pueblo de Cangas de Onís alumbraron el firmamento, y tras unos pocos pero dramáticos años volvió a convertirse en un paraje en el que los pastores atienden sus rebaños y elaboran sus quesos.

La rememorada Batalla de Covadonga fue en la que, bajo el mando del legendario Don Pelayo, valientes montañeses asturianos pusieron freno al inexorable avance de las fuerzas musulmanas. Acaso los asturianos hubiesen fracasado, la cristiandad habría sido forzada hacia el mar, puesto que se hallaba sólo a unas pocas millas al sur del Golfo de Vizcaya al norte de España.

Hay algunos que dicen que fue la Virgen de Covadonga la que protegió a Don Pelayo y sus hombres; otros se lo agradecen al favor de Santiago, el hermano de Jesús, que bajó del cielo a lomos de su blanco corcel, blandiendo su brillante espada. Esta milagrosa entrada inspiró al bando cristiano y por primera vez, en el año 722 dC, los cristianos detuvieron el implacable avance del ejército musulmán.

Hoy en día la estatua del valiente Don Pelayo se erige a la izquierda de la basílica de Covadonga, desde donde parece vigilar el valle de su hazaña. La capilla de Nuestra Señora de Covadonga se visita en las cuevas aledañas al lugar de la batalla. Y los restos mortales de Santiago descansan un poco más alejados en Galicia, bajo el elevado altar de la catedral de Santiago de Compostela, destino de peregrinos desde hace más de mil años.

La historia que nos resulta más aceptable a los escépticos es que los ejércitos conquistadores bereberes cruzaron arrasando prácticamente toda la península y dejando a su paso una estela de destrucción. Al parecer la resistencia asturiana en las montañas era motivo de irritación para los caudillos musulmanes. El linaje de aquellos guerreros cristianos resulta poco claro-quizá el resultado de una amalgama de astures, visigodos, vándalos e íberos. De cualquier manera, los montañeses que protegían su tierra tendieron una emboscada a una partida de musulmanes (cuántos de ellos no se sabe) mientras éstos franqueaban uno de los muchos valles con nula visibilidad de los Picos de Europa.

Éste fue un momento determinante para los abatidos cristianos; Covadonga se convirtió en el grito de guerra para la Reconquista—una interrumpida lucha que duró más de 750 años y conformó el carácter español. El victorioso Don Pelayo fundó el reino de Asturias y estableció su capital en Cangas de Onís.

Unos cincuenta años después la capital fue trasladada a la ciudad de Oviedo cuya catedral poseía valiosas reliquias procedentes de Tierra Santa, y que hoy en día se exponen en la Cámara Santa. Próxima a ella, en Naranco de Lillo, un nuevo estilo arquitectónico florecía a medida que el reino se extendía y se revelaba baza indispensable en la Reconquista de España. Posteriormente a este breve momento de esplendor, Cangas de Onís volvió a sumergirse en la oscuridad.

En cuarenta y cinco años de viajes por los caminos de España, mi esposa Ruth y yo nunca habíamos visitado Covadonga. Por ello en esta ocasión decidimos peregrinar hasta allí. Nos alojamos a las afueras de Cangas de Onís en el Monasterio de San Pedro de Villanueva. La construcción originaria se remonta a la época de Alfonso I, aunque la mayoría de la estructura que ahora se levanta data del siglo XII y fue un monasterio benedictino hasta que acertadamente la empresa estatal de Paradores Nacionales de Turismo lo reformara y convirtiera en Parador, en este caso, un lujoso hotel rural.

Tras acomodarnos, me puse en contacto con Jaime, o Jim, Fernández, un amigo de La Tienda y con su esposa Renate. Nunca nos habíamos visto en persona pero aún así nuestra amistad había crecido a través de intercambios de correos electrónicos sobre el queso y la vida en Asturias. Cuando le mencioné que acariciábamos la idea de visitar Asturias, Jim amablemente nos invitó a que nos reuniéramos los cuatro en su piso en Cangas del que son propietarios desde hace ya veintitrés años.

Nos declaró con cierto orgullo que prepararía su potaje asturiano preferido en nuestro honor y a nuestra llegada fuimos recibidos por una pareja cercana y cordial. Resultó ser un matrimonio de antropólogos exiliados de su cultura de la Universidad de Chicago para la que Jim aún sigue enseñando en primavera, aún cuando ya se aproxima a los ochenta. Tampoco son los típicos profesores de universidad; todavía continúan sus escaladas por los Picos de Europa, y por ello en mejor forma de la que yo mismo gozo (o de la que nunca he gozado.)

Nos invitaron a su salón y paladeando unos vasos de sidra fresca, nos sirvieron dos tipos de queso Garmaneu elaborados artesanalmente—un queso azul de sabor algo más sutil al renombrado Cabrales. Una de las porciones que nos sirvieron estaba elaborada en un puerto de alta montaña y la otra en el valle. Jim y Renate nos contaron que ultimaban los detalles de un libro acerca de estos raros quesos y sus artesanos.

Me deleitó el sentarme junto a una pareja que ha compartido su vida—con sus gozos y sus sombras—durante años y sigue trabajando unida en harmonía en su senectud: tanto confeccionando un libro juntos o disfrutando de visitas al mercado como escalando una montaña tal y como ellos dos hacen. Mientras dábamos cuenta del consistente guiso preparado por Jim, los cuatro intercambiamos historias. Contamos historias familiares y repasamos desde experiencias vividas a través de los años hasta nuestro mutuo amor por las gentes de España.

Owner Don Harris with Asturian cheesemakerJim posee fuertes raíces asturianas. Nos relató que el apellido Fernández era típicamente asturiano y el que llevaba su abuelo que emigró a Estados Unidos a principios del siglo XX. Tras finalizar sus estudios de bachillerato, Jim eligió estudiar Antropología Cultural como carrera puesto que se resistía a convertirse en un académico sedentario, y enseñó durante muchos años en Dartmouth, Princeton y la Universidad de Chicago así como en Madrid.

Mientras perseguía su sueño de vivir con pueblos del África profunda, conoció a su futura esposa de forma totalmente inesperada. Ambos desembarcaban de un viaje a Europa, y Jim educadamente le ofreció ayuda con su equipaje. Una cosa llevó a la otra (ésa es otra historia) y se casó con Renate que finalmente lo acompañó en su trabajo en África.

Sin embargo, la vida dio un insospechado giro y Jim acabó asentándose en Asturias. Vivir en África había puesto en riesgo la vida de su hijo recién nacido; de esa manera Jim y Renate decidieron que lo mejor para la familia era abandonar África. Renate halló estimulante el trabajar implicándose en la vida de los pastores y artesanos del queso de Asturias. Tras unos años de vida en la alta montaña de los Picos de Europa, se mudaron a Cangas de Onís en el valle para que sus hijos pudieran asistir a la escuela.

La velada de camaradería tocó a su fin, pero Jim y Renate estaban ansiosos de que disfrutáramos de un día en el mercado de Cangas de Onís, un par de jornadas más tarde, y así lo hicimos. Aproximándonos al mercando vimos la escena ya familiar del churrero que servía los churros calentitos en cucuruchos de papel. Junto a él había una florista con cantidad de prímulas y flores vistosas que daban color a ese día del tardío invierno. No muy lejos, divisamos un camión cargado con la mayor cantidad de ajos que nunca haya visto- amén de rudimentarias guirnaldas que llenaban las puertas del camión. En las lindes del mercado encontramos un puesto de gran variedad de frutas provenientes de Andalucía: cajas repletas de todo tipo de naranjas: mandarinas, clementinas, navelinas y naranjas de zumos.

Mientras, Jim y Renate nos guiaban hasta el interior del mercado presentándonos a sus conocidos de entre la multitud de artesanos del queso. Se sobreentiende que conocen a gran número de los queseros artesanos del lugar. Vimos mesas de madera repletas de quesos recién elaborados- quesos azules de Cabrales de intenso sabor de las cuevas de un pueblo cercano, pequeños y delicados quesos frescos como los de Afuega´l´Pitu. También vimos mesas atestadas de Garmaneu, el queso al que Jim y Renate habían dedicado tantos meses de estudio.

En uno de mis intentos de comunicarme con uno de los queseros (puesto que mi español es bastante elemental) me sorprendió Christina, ¡que se presentó en perfecto inglés! Le pedí que me contara algo de su historia y me dijo que ¡había perfeccionado su inglés mientras completaba su doctorado en Educación en la Universidad de Standford en California!

Me explicó que había crecido en Holanda y asistido a la universidad en Amsterdam. Se trata de otra larga historia, pero el quid de la cuestión es que había terminado en Asturias después de vivir durante una temporada en el sur de España. Allí disfrutó la oportunidad de criar unas cuantas cabras y ovejas. Y para no tener que sacrificarlas, Christina decidió solicitar plaza en un curso sobre la elaboración de quesos que se celebraba en Cangas de Onís. ¡De esta manera se enamoró de la región y de sus gentes a las que nunca abandonó! Hoy en día cuida de los animales y elabora quesos con su compañero, Pepitu, un pastor de la zona que orgulloso nos condujo a Ruth y a mí por un enlodado camino de rodadas para mostrarnos su rebaño.

Pepitu nos llevó a través de un verde pastizal hasta su corral en el que guardaba briosas cabras y cabritillos; ovejas de tupida lana con sus corderitos; dos respetables perros pastores que protegían a los rebaños; ¡y también una cerda vietnamita con un montón de lechales! Después nos mostró cómo elaboraba el queso, ahumándolo ligeramente en un pequeño horno dentro de una escueta construcción de madera. El queso no podía ser más artesano.

¿Qué fue lo que nos condujo a este valle? Para Ruth y para mí fue el mito de Covadonga. Para Jaime y Renate se trataba del regreso a sus raíces y a la cultura de las gentes y de su artesanía. Para Christina se trataba de aprender a hacer quesos y del hallazgo de una vida reconfortante junto a su compañero asturiano Pepitu y su comunidad de pastores.

¡Qué excelente amalgama de personas! Un pequeño pueblo en las faldas de las montañas que abriga ancestrales dólmenes objeto de devoción hace entre cuatro y seis mil años. A la vez que saturado de leyendas de Don Pelayo y Covadonga, así como de la inconmensurable figura de Santiago y de los sucesos que iniciaron la Reconquista. Hoy los reyes y guerreros han desaparecido y es una vez más el hogar de pastores y artesanos del queso. De vez en cuando Cangas de Onís alberga a extraños que indagan ansiosos por aprender de su ancestral historia si no es sólo por unos días, por unos meses.

Saludos,

Don

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