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Shepherd En los primeros años de La Tienda un joven llamado Tomás Lozano se puso en contacto conmigo. Por aquellos entonces experimentábamos con muchos nuevos productos de España para descubrir los gustos de nuestros clientes. Ofrecíamos cerámicas, alimentos y un puñado de reproducciones del arte medieval labradas a mano como tablillas de madera y cruces. Tomás deseaba comprar una cruz policromada como obsequio para su esposa, Rima.

Me intrigó la inusual petición de este joven puesto que lo suponía criado en estos tiempos cada vez más mundanos. Durante la densa conversación que mantuvimos por teléfono, sentí que Tomás y yo compartíamos afinidad por la espiritualidad del arte y la escultura medieval. A lo largo de los años nuestra amistad se ha afianzado aunque nunca nos hayamos visto cara a cara; sólo nos conocemos a través de correos electrónicos y de la escucha del CD “Crisol Luz; Cantos de la Edad Media” que él me regaló.

La familia de Tom procede de un pequeño pueblecito de las altas montañas del noreste de Granada. Su abuelo fue molinero aunque también regentaba una panadería que le fue confiscada durante la Guerra Civil Española. Entonces y buscando su seguridad y la de los suyos se retiró con su familia a trabajar en un remoto molino en el campo. Murió cuando su hijo contaba con sólo quince años, dejando al padre de Tomás a cargo del molino. La familia de su esposa era labradora. Cuando comenzó la Guerra Civil, el abuelo materno de Tomás fue enviado al frente y fue uno de los únicos seis supervivientes de un batallón de 200 hombres.

Durante los años sesenta ambas familias se mudaron al norte en busca de empleo, asentándose finalmente lejos de Andalucía en un barrio industrial de Barcelona en el que las fábricas ofrecían nuevas posibilidades a sus familias. Fue allí donde nació Tomás en 1967 y en donde se crió hablando español en casa y catalán en la calle. Además de las dos lenguas, también aprendió francés a una edad temprana.

Cuando Tomás cumplió los cinco años le llegó la hora de aprender a ser un hombre, así que durante los meses de verano sus padres lo encomendaban al tío de su madre que siempre había vivido de pastor en el campo. Allí en Cataluña vivió como pastorcito, atendiendo las ovejas codo con codo con su tío-abuelo y se hizo fuerte en el campo, como el mismo Tomás describe. Tomás recuerda con mucho cariño aquellos veranos que pasó con su tío, caminando por las colinas entre ovejas y perros, disfrutando de la compañía de las aves que se posaban en los árboles frutales que los rodeaban. Junto con su tío Francisco dormía la siesta y comía higos y ciruelas maduras cogidas de los árboles.

Si tienen un momento, les invito a que conozcan a Tomás a través de su escrito de introducción para su próximo CD titulado “La mañana de San Juan”.

“Recuerdo lo que me enseñó el tío Francisco. Él, como todos los buenos pastores de su tiempo, cantaba. Cantaba en sus largas caminatas, en las esperas en los prados y apacentando las ovejas en los verdes pastos y en los lechos del río. No tocaba instrumentos pero sabía entonar con su voz fuerte y ronca y sus silbidos que a mí, siendo un niño que no levantaba tres palmos del suelo, asustaban de tan penetrantes y fuertes.

Se conocía muchas historias, canciones, dichos y viejas baladas. Era depositario de la cultura popular. Lástima que yo, en la inconsciencia de mi niñez, no grabara su riqueza de conocimiento, no hiciera acopio de su saber de alguna otra manera que la impregnada en mí casi por osmosis. No recuerdo las canciones, pero mi madre me cuenta que eran una lista de baladas. Para cuando fui consciente, el pastor y sus ovejas ya habían desaparecido hacía mucho tiempo. Las baladas forman parte de mi vida y también de las de mis mayores: labradores, molineros y pastores. Mi abuela me recitaba cuando era pequeño partes del Conde Olinos y yo recuerdo de manera especial una ocasión en la que me adormecí escuchando estas palabras: ‘Ésa no es la sirenita, madre/ni tampoco su cantar,/que era el conde Olinos/que a mí me viene a buscar’.”

A la vez que Tomás completaba los últimos cursos en el instituto, tocaba música popular catalana y algo de música medieval con sus compañeros de estudios. Pronto empezaron a tocar en pequeños cafés de Barcelona. Su estilo es especialmente atractivo puesto que se ha visto enriquecido por sus raíces de tradición andaluza.

En 1993 Tomás y los otros músicos, con el patrocinio del Ministerio de Asuntos Exteriores de España, fueron invitados a interpretar música medieval y tradicional a lo largo de Norte América. Su última interpretación fue en Nuevo México, donde quedaron encantados al conocer antiguas familias de Santa Fe que hablaban una preciosa forma de castellano antiguo. Llevaban generaciones manteniendo las tradiciones españolas.

A Tomás le fascinó ver que las tradiciones de la antigua España pervivían en Estados Unidos. Por esa razón decidió permanecer en este sorprendente lugar algún tiempo, y luego un poco más, ¡hasta que pasaron catorce años antes de siguiera adelante!

Durante esos años, Tomás y sus amigos crearon una serie de espectáculos musicales y de teatro que representaban principalmente en escuelas de comunidades poco favorecidas. En algunos casos se trataba de aldeas, zonas rurales y aisladas de localidades hispanas y de comunidades de nativos americanos. Muchas veces se dio el caso de que nadie antes había representado ninguna obra en sus escuelas o centros comunitarios.

Durante aquellos años en los que Tomás se hallaba inmerso en las tradiciones de Nuevo México, conoció a su alma gemela y ahora esposa, Rima Montoya, que era estudiante de postgrado en UNM. Juntos escribieron un libro publicado en 2007 por la editorial de UNM y titulado “Cantemos al alba. Orígenes de cantos, sones y dramas litúrgicos del Nuevo México hispano”.

Lo más interesante de todo es que descubrí, a través de sus investigaciones de manuscritos franciscanos de la época colonial, que por el año 1629 (nueve años después del desembarco en Plymouth Rock) ya había orquestas y coros en las misiones de Nuevo México en las que las voces y los músicos eran nativos americanos de distintos pueblos. También que ya en 1654 la mayoría de las misiones contaban con un órgano. Ésta es una parte importante de la historia musical de Estados Unidos totalmente desconocida.

A lo largo de los años se ha ido acrecentando mi aprecio por el extraordinario y humilde hombre a la vez que cantante, músico, erudito y escritor en que el pastorcito se ha convertido. Para asegurarme de que mi memoria no me engaña, antes de escribir esta reflexión, le pregunté Tomás sobre sus recuerdos de nuestros primeros contactos:

“Mientras que Rima y yo investigábamos para Cantemos al alba, descubrí un portal de internet que ofrecía muchas cosas de España, La Tienda. Allá por 2002 tenían bellas reproducciones de labrados medievales españoles. Me llamó especialmente la atención uno llamado ‘La Majestad’, labrado originalmente por Batlló, así que ahora se conoce por ‘Majestad Batlló’. Quise adquirir este labrado para mi esposa que se hallaba lejos, visitando a su familia, y sorprenderla a su regreso.

Siempre me ha arrebatado todo lo concerniente al románico, no sé exactamente el motivo, quizás por su armonía, o quizás porque crecí rodeado de pueblos del románico los cuales considero parte de mí. No lo sé. Así que llamé a La Tienda y un caballero contestó al teléfono y de forma casi instantánea sentimos una conexión mutua. Aquella primera conversación duró una hora y media. Ese hombre, con quien mantengo una gran amistad aunque aún no nos hayamos conocido en persona, era Don Harris. Ésta es una prueba de que el alma humana supera las barreras del tiempo y el espacio.”

Sus cálidas palabras me conmueven. Extiendo mis más sinceros deseos a todos ustedes y a sus seres queridos.

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